Durante los siglos XI a XIII, la Península Ibérica experimentó una importante expansión del territorio controlado por reinos cristianos frente a Al-Ándalus. Este periodo fue caracterizado por el predominio del feudalismo, un sistema en el que el poder estaba basado en la tierra y las relaciones de fidelidad y vasallaje.
Inicialmente, la península estaba fragmentada en diversos reinos, pero con el tiempo, algunos de estos territorios se consolidaron en entidades más grandes, como los reinos de Castilla, León, y la Corona de Aragón. La política de herencia y linaje marcó el proceso de expansión y consolidación territorial, priorizando estas relaciones sobre la idea de una unidad política.
En Castilla, Fernando III el Santo lideró la conquista del sur, incluyendo Andalucía, consolidando así a Castilla como una potencia peninsular con el apoyo de órdenes militares como Santiago, Calatrava y Alcántara. Su hijo, Alfonso X el Sabio, reestructuró los territorios y enfrentó conflictos con la nobleza mientras promovía un derecho común con su obra 'Las Siete Partidas'.
En Portugal, el Condado Portucalense logró su independencia de León bajo Alfonso I, quien conquistó Lisboa. Su sucesor, Alfonso III, completó la expansión territorial incorporando el Algarve, posicionando a Portugal hacia el comercio atlántico.
La formación de la Corona de Aragón fue clave en la expansión feudal, resultado de la unión dinástica entre Aragón y la Casa de Barcelona. Figuras como Petronila de Aragón y Ramón Berenguer IV jugaron un papel central en esto. Jaime I el Conquistador amplió el territorio aragonés al incluir Baleares y Valencia, impulsando también una expansión mediterránea.
Navarra se mantuvo como un reino independiente sin gran expansión territorial. Durante este periodo, vivió conflictos internos entre nobles, que resultaron en la creación del Fuero General, dotando al reino de un derecho común.
El papel de las mujeres fue generalmente limitado por una visión misógina; sin embargo, surgieron debates intelectuales como la 'querella de las mujeres'. Textos como el 'Romance de la Rosa' criticaban a las mujeres, mientras que autores como Christine de Pizan defendieron su valor, como en 'La ciudad de las Damas'. La legislación medieval también reguló su comportamiento.
La economía feudal estaba basada en la tierra, con diversas formas de tenencia y renta, y un incipiente desarrollo del comercio y el crédito, visible en la expansión de notarios, especialmente en la Corona de Aragón. La cultura estaba centrada en la corte y la iglesia, destacando por su carácter didáctico y propagandístico. Alfonso X destacó como impulsor cultural con obras como las 'Cantigas de Santa María'.