«Este año estudio todos los días» dura, con suerte, hasta febrero. Los propósitos que funcionan son otros: pequeños, concretos y ligados a una rutina. Te proponemos siete propósitos realistas para el nuevo año y cómo convertirlos en hábitos que aguanten todo el curso.
Enero es el mes de las buenas intenciones: estudiar todos los días, sacar mejores notas, no dejarlo todo para el final. Y febrero es el mes en que la mayoría se abandonan. No es falta de voluntad: es que los propósitos suelen ser demasiado grandes, demasiado vagos y no dicen qué hacer cuando una semana sale mal.
Estos siete propósitos están pensados para durar.
Un propósito pequeño que cumples vale más que uno ambicioso que abandonas en tres semanas.
Diez o quince minutos por la tarde para repasar los apuntes del día y convertirlos en preguntas. Es el hábito que más trabajo ahorra antes de los exámenes, porque impide que el temario se acumule. Si quieres ir más rápido, puedes subir tus apuntes a Partielo y obtener un resumen y un test en segundos.
Cambia la relectura por preguntas: cierra los apuntes, intenta recordar y comprueba. Si solo adoptas un propósito este año, que sea este. Y combínalo con la repetición espaciada: volver a cada tema a intervalos cada vez más largos.
No hace falta desconectarse del mundo: basta con dejar el móvil en otra habitación durante los bloques de estudio. Con el método Pomodoro, son solo 25 minutos cada vez.
Cinco minutos cada domingo: qué exámenes y entregas se acercan, qué asignatura necesita más atención y cuándo vas a estudiar. Una semana planificada es una semana en la que no pierdes media hora cada tarde decidiendo por dónde empezar.
Un propósito concreto: empezar a preparar cada examen tres semanas antes, no tres días. Lo explicamos paso a paso en cómo preparar los exámenes de enero, y el mismo esquema sirve para los de junio.
Una sesión semanal con dos o tres compañeros para explicarse temas y hacerse preguntas. Obliga a llevar la asignatura al día y saca a la luz lo que creías saber. Te contamos cómo organizarla en estudiar en grupo.
Parece un propósito de salud, y también lo es de estudio: mientras duermes, el cerebro consolida lo que has aprendido durante el día. Recortar horas de sueño para estudiar más suele salir caro en rendimiento.
Los propósitos que funcionan no son los más ambiciosos, sino los más concretos: acciones pequeñas, con un momento fijo y un plan para cuando algo falle. Elige dos de esta lista, escríbelos en tu agenda para la primera semana de clase y empieza. Dentro de unos meses no te acordarás de que eran propósitos: serán simplemente tu forma de estudiar.